lunes, 23 de febrero de 2009

Crónica de una frustración anunciada

La lluvia, ¿Por qué Dios manda la lluvia? O ¿Por qué la línea 2 del metro es la única forma que tengo para llegar a Palacio de Minería? Fueron las únicas ideas que se me ocurrieron al ver la desesperante lentitud con la que avanzaba la tan famosa y a la vez mentada oruga amarilla. Aterraba encontrar una conclusión ante tales interrogantes, estremecía el encontrar una solución, pero una cosa era cierta: sea cual fuere la respuesta inmediatamente transmitiría la sensación de que hoy no sería mi día de suerte, lamentablemente acerté.

¿Dónde queda la sala Bernardo Quintana? Alcancé a preguntar con el poco aire que me quedaba después de haber corrido para llegar al Palacio de Minería, “adentro le informan”,

Perfecto, faltan cinco minutos para que comience el evento, (fue lo primero que pensé al mirar el reloj al mismo tiempo que entraba al Palacio), no obstante, una kilométrica y terrorífica fila fue lo primero que vi, “ha de ser para otro evento” pensé ingenuamente.

El momento fatídico llegó cuando encontré a un par de compañeros de la clase formados, por instinto y estúpidamente les pregunté (aunque ya sabía de antemano la respuesta) si esa era la fila para entrar a la ya tan anhelada presentación del libro homenaje a Miguel Granados.

Ni hablar, a la cola que parecía interminable a pesar de no darle ninguna vuelta al recinto ferial. Como 10 personas más llegan de tajo atrás de mi, para que acto seguido, la fila empezara a avanzar, de repente, la vida tomaba sentido, mi estado de ánimo cambiaba paulatinamente a medida que daba más pasos y hasta bromeé con Gustavo “reprochándole” el escaso trato “VIP” que merecía la clase.

Se dice que la calma se sitúa entre dos momentos de tormenta, ¡Cuánta razón hay en los dichos populares! Otra compañera de clase me cuestionó si tenía ficha para entrar; prácticamente fui incapaz de contestarle y una risita de esas que denotan solamente nerviosismo y angustia fue todo lo que pude expresar, “a ver que pasa”.

5 personas delante de mí nada más, solamente 5 y entro a la sala, 4, después de todo, lo voy a lograr, 3, ojala los compañeros de clase formados atrás también puedan entrar, 2, espero que la presentación sea provechosa, 1, ¡ALTO!

La señora de la fila que me daba la espalda tuvo que soportar el cierre de la puerta casi en sus propias narices, “lo lamentamos, nadie más puede pasar, se acabaron las fichas”. La dama no lo podía creer, ¿La van a privar de ver a su ídolo? Si, a ese que escucha todos los días en la mañana en la radio. Yo tampoco lo podía creer, ¿Me van a privar de cumplir con la actividad acordada en clase? Sí, esa que está empezando detrás de esa puerta maldita que cierra el paso.

Negociaciones, inútiles fueron la constante entre la recepcionista y los que nos quedamos fuera. El enojo popular de los “excluidos” creció cuando 3 fotógrafos, 2 camarógrafos y 3 reporteros entraron en los veinte minutos siguientes. Las negociaciones se tornaron en protestas con los aplausos del auditorio como fondo.

“Es inútil”, pensé, me dí la media vuelta y casi por accidente observé la cartelera del día. Otra presentación de libro tendría lugar después de que el homenaje a Miguel Granados terminara, y no era cualquier presentación, ya que la gloria olímpica Raúl González y Antonio Rosique serían los ponentes.

Deporte, mi debilidad, mi punto más vulnerable, “debo asistir a este evento, sólo espero que Gustavo acepte este cambio de nota” pensé a medida que me acercaba de nuevo a la puerta de madera resguardada por una recepcionista que más bien parecía cadenera mientras pasaban los minutos.

Ya, todo listo, primero en la fila para entrar al siguiente evento, más aplausos se escuchaban del interior de la sala. Esperar y dejar que pasen los minutos. Sin embargo, el destino a veces es caprichoso: 5 minutos antes del esperado evento, otra recepcionista se acercó para informar: “la siguiente presentación está cancelada por la editorial”. Me abandoné hacia la pared y mis ojos tocaban el techo del pasillo, “debe ser una broma”, una vez más mi ingenuidad fue mi defensa.

Lo que les dije a las recepcionistas fue sincero, aunque preferiría no recordar algunas palabras expresadas que no son dignas propiamente de algún programa en horario infantil. La feria del libro llamaba mi atención a medida que dejaba definitivamente la sala Bernardo Quintana, pero mi temperamento no me permitió recorrerla.

Fue así como abandoné el Palacio de Minería, derrotado, cabizbajo, angustiado, frustrado y enfurecido. Si al día siguiente no tuviera que asistir a clases juraría que hubiera caminado hasta mi casa, después de todo, el metro en ese momento no era digno de recibir dos pesos más de mi cuenta.

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